martes, 12 de septiembre de 2017

¡Que informen ellos!

Le Monde pide esta tarde en digital (y mañana en papel) una solución a la escocesa para Cataluña, algo que no querría muy probablemente para Córcega o Bretaña, pero una cosa es predicar y otra dar trigo. Y la Realpolitk tiene en cuenta a las masas en marcha, sobre todo en democracia, donde marchan alegremente.

Demuestra este editorial, que la decisivo será la percepción del problema internacionalmente, pues es un problema europeo. Y por tanto hay que tomárselo muy en serio.

No hay que caer en el ¡que informen ellos!

Aquí.

Y aquí en tradu exprés.

“Independencia de Cataluña: poner un poco de cordura entre Barcelona y Madrid”
El enfrentamiento parece programado. El presidente de la región separatista de Cataluña, Carles Puigdemont, y el primer ministro español, Mariano Rajoy, están en conflicto abierto. El antagonismo rara vez habrá sido tan intenso. Puigdemont y los separatistas catalanes se preparan para organizar, el 1 de octubre, un referéndum sobre la independencia de Cataluña. El gobierno central ya lo ha declarado “ilegal”.
Desde 2010, dos lógicas chocan en una total ausencia de diálogo. Cada parte está tan segura de sus derechos que parece abocada a la sobrepuja: los partidarios de cada bando creen que todo compromiso sería recular. Es una espiral peligrosa: para toda España, para Cataluña y para Europa.
Este lunes 11 de septiembre el gobierno catalán coronó con éxito su demostración de fuerza: según la policía municipal, un millón de personas marcharon para pedir la independencia. El éxito de esta movilización es otro argumento más en favor de que Puigdemont imponga su referéndum: “¿Quiere que Cataluña sea un estado independiente en forma de república? “.
A cada acción del gobierno catalán, Madrid responde acudiendo a la justicia, que le da la razón. El Tribunal Constitucional ha prohibido la organización de esa votación. Madrid está presionando a los funcionarios para que se nieguen a organizarla. Barcelona está ejerciendo la misma presión sobre los ayuntamientos catalanes para que la lleven a cabo.
En 2010, el Tribunal Constitucional había anulado parte del Estatuto de Autonomía de Cataluña, aprobado en 2006 por el anterior gobierno socialista y que fue ampliamente aprobado en referéndum. El estatuto respondía a las aspiraciones de esta región, que produce una quinta parte de la riqueza española. Pero Barcelona respondió a la sentencia con un millón de personas en la calle para exigir la autodeterminación. A ello siguió la organización de un simulacro de referéndum en 2014, que no hizo más que irritar a Madrid.
La sobrepuja continuó. Puigdemont, feroz partidario de la independencia, gobierna con el apoyo de un grupo de extrema izquierda anti-europea, la CUP. La hostilidad hacia Madrid es el único aglutinante de un gobierno regional frágil: los separatistas lograron sólo el 48% de los votos en las elecciones regionales de 2015 (pero la mayoría de escaños).
Los sentimientos anticatalanes se exacerban en España, y los antiespañoles en Cataluña. Ejemplo de esto último, los silbidos de los que el rey y Rajoy fueron objeto en la manifestación contra el terrorismo después de los ataques de Barcelona y Cambrils del 17 de agosto. ¿Qué decir de los millones de españoles procedentes de otras partes del país que han ido a trabajar a Cataluña y que se ven atrapados en este conflicto?
Madrid priva de voz a los catalanes que están en contra de la independencia. El 1 de octubre, si la consulta tiene lugar, sólo los independentistas irán a votar, y se embolsarán una victoria,que será inmediatamente considerada ilegal. Tanto por un lado como por el otro vemos la absurdidad de este referéndum “salvaje”, pues la batalla va a continuar.
Madrid debe prestar oídos a la reivindicación de cientos de miles de catalanes que han marchado durante cinco años en las calles y que, inicialmente, no estaban pidiendo la independencia sino el derecho a pronunciarse, como fue el caso de los escoceses. El primer ministro David Cameron autorizó a Edimburgo organizar una votación: los secesionistas la perdieron. Rajoy debe seguir este ejemplo a la par que convence a una mayoría de catalanes de esta verdad: su futuro europeo está en España”.