miércoles, 4 de enero de 2017

Living's the Strange Thing



Siguiendo con la serie Edge, Steven Pinker da su respuesta a la pregunta del año.

La lucha contra la entropía (y la miopía) es lo que le toca al junco pensante. Una vieja idea suya siempre de actualidad.

Aquí en VO.



Y aquí debajo en tradu exprés "humana":

La segunda ley de la termodinámica

La segunda ley de la termodinámica enuncia que en un sistema aislado (que no está tomando energía), la entropía nunca decrece. (La primera ley dice que la energía se conserva; y la tercera, que una temperatura de cero absoluto es un límite inalcanzable). Los sistemas cerrados se vuelven inexorablemente menos estructurados, menos organizados, menos capaces de proponer resultados interesantes y útiles, hasta que se deslizan a un punto de equilibrio de monotonía grisácea, tibia y homogénea; y allí se quedan.
En su formulación original, la segunda ley se refería al proceso en el que la energía utilizable en forma de diferencia de temperatura entre dos cuerpos se disipaba a medida que el calor fluía desde el cuerpo más caliente al cuerpo más frío. Una vez que se comprobó que el calor no es un fluido invisible sino un movimiento de moléculas, tomó forma una versión más general y estadística de la segunda ley. El orden es algo que se podría pues caracterizar como el conjunto de todos los estados microscópicamente distintos de un sistema; y de todos estos estados, aquellos que nos resultan útiles constituyen sólo una pequeña porción de las posibilidades, mientras que los estados desordenados o inútiles conforman la inmensa mayoría. De ello se sigue que cualquier perturbación en un sistema, ya sea una sacudida aleatoria de sus partes o un golpe producido desde el exterior, empujará al sistema hacia el desorden o la inutilidad, debido a las leyes de la probabilidad. Si uno se aleja de un castillo de arena en la playa, éste a la mañana siguiente no estará allí, dado que el viento, las olas, las gaviotas y los chiquillos moverán los granos de arena que hay alrededor, y es mucho más probable que estos no se organicen en una de las numerosas configuraciones que se asemejan a un castillo que lo contrario.
La segunda ley de la termodinámica tiene su reflejo en expresiones de la vida de cada día tales como “En cien años, todos calvos”,  “Así son las cosas”, “A lo hecho, pecho”, "Éramos pocos y parió la abuela”, y esta otra perla (del que fue congresista por Texas, Sam Rayburn): “Cualquier pazguato puede derribar un granero, pero se necesita un carpintero para construir uno”.
Los científicos entienden que la segunda ley es mucho más que una explicación de las molestias cotidianas: es un pilar para nuestra comprensión del Universo y de nuestro lugar en él. En 1915, el físico Arthur Eddington escribió:
“La ley que establece que la entropía siempre se incrementa, y, a mi parecer ostenta la posición más elevada entre todas las leyes de la Naturaleza. Si alguien te dice que tu teoría personal del Universo está en desacuerdo con las ecuaciones de Maxwell, entonces que les den morcilla a las ecuaciones de Maxwell. Y si se descubre que es la observación lo que la contradice, pues bueno, eso es que muchas veces los experimentadores no dan una a derechas. Pero si tu teoría choca con la segunda ley de la termodinámica, no puedo darte ninguna esperanza; a tu teoría no le quedará más que inclinarse con la más profunda humillación”.
En su famosa conferencia de 1959 titulada “Las dos culturas y la revolución científica”, el literato y científico C. P. Snow comentó el desdén que sentían por la ciencia los británicos cultos de su época:
Más de  una vez  participé en reuniones de personas que, de acuerdo con las pautas de la cultura tradicional, son consideradas como sumamente instruidas y que expresaban con considerable deleite su incredulidad ante el analfabetismo de los científicos. En una o dos ocasiones me provocaron y pregunté a los invitados cuántos de ellos eran capaces de describir la segunda ley de la termodinámica. La respuesta fue glacial; también fue negativa. Sin embargo, yo preguntaba algo que es el equivalente aproximado de: ¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare?”
Y los psicólogos evolutivos John Tooby, Leda Cosmides, y H.Clark Barrett han titulado un reciente artículo sobre los fundamentos de la ciencia de la mente: “La segunda ley de la termodinámica es la primera ley de la psicología”. [Aquí en V.O.]
¿Por qué tanto asombro ante la segunda ley? La segunda ley define el propósito último de la vida, de la mente y del esfuerzo humano: el despliegue de energía e información para luchar contra la marea de la entropía y modelar refugios de orden benéfico. El infravalorar la tendencia inherente al desorden y el no saber valorar los valiosos nichos de orden que nos labramos son una causa importante de la locura humana.
Para empezar, la segunda ley presupone que “la desgracia puede no ser culpa de nadie”. El mayor avance de la revolución científica fue arrumbar la intuición de que el Universo está saturado de designios, que todo sucede por una razón. En esta comprensión primitiva, cuando acontencen cosas malas -accidentes, enfermedades, hambrunas- alguien o algo debe haber querido que esas cosas se produzcan. Esto a su vez impulsa a la gente a buscar a un acusado, a demonio, a un chivo expiatorio o  a una bruja a los que castigar por ello. Galileo y Newton reemplazaron este juego de la moral cósmica por un universo de precisión relojera en el que los acontecimientos son causados ​​por las condiciones del presente, y ya no por objetivos futuros.
La segunda ley profundiza en ese descubrimiento: no sólo el Universo no se preocupa de nuestros deseos, sino que el curso natural de los acontecimientos parece más bien que los frustra, pues hay muchas más maneras de que las cosas vayan mal a que las cosas vayan bien. Las casas se incendian, los barcos naufragan, las batallas se pierden por culpa de un clavo perdido de una herradura [N. del T. como reza la popular canción infantil inglesa, aquí].
La pobreza tampoco necesita explicación. En un mundo gobernado por la entropía y la evolución, ella es el estado por defecto de la humanidad. La materia no se da en formas de refugio o de vestimenta, y los seres vivos hacen todo lo posible para no convertirse en nuestra comida. Lo que hay que explicar es por qué se produce la riqueza. Sin embargo, la mayoría de los debates sobre la pobreza consisten en argumentos acerca de a quién vamos a echarle la culpa de que ésta exista.
De un modo más general, infravalorar la segunda ley lleva a que la gente vea cualquier problema social sin resolver como una señal de que su país se está acercando al precipicio, cuando es la propia naturaleza del Universo la que hace que la vida tenga problemas.
Así que es mejor intentar averiguar cómo resolverlos -aplicando toda  la información y la energía de que dispongamos para ir ampliando nuestros refugios de orden benéfico- que entrar a matar y esperar que la suerte nos sonría.

Steven Pinker 



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Divertido el texto de Pinker sobre la indiferencia cósmica del Universo por lo humano y lo odiosamente malcriados que estamos, tal como escribió con mucha gracia Berta González de Vega ayer en EM.

"Lo raro es vivir", que titulaba Martín Gaite.
Living's the strange thing, en su traducción al inglés.


(Qué bella es la nieve y qué bueno y divertido era C.P. Snow, predestinato)